Recuerdo la incontable cantidad de pedazos en los que me rompí cuando mi vida fue arrebatada de tajo por la pandemia en turno, recuerdo también haberme visto desde fuera, tullida, cansada, marchita y sin esperanza; han pasado muchas lunas desde ese escenario y aprendí, dejé ir, crecí y me llené de cientos de nuevos miedos, fue entonces cuando llegaste tú y me hiciste perderlo todo.
En aquella primera visita perdí el miedo a llorar frente a alguien, me sentí tan vulnerable y pequeña, pero a la vez tan segura y protegida que supe en ese momento que a tu lado estaría bien, para los fines que fuera, serías un puerto seguro al cual podría volver de vez en vez.
Las salidas vinieron después, salir contigo era fácil, un lugar ya conocido, un abrazo cálido que mi cuerpo recibía con cierta familiaridad, pero en cada salida del mes de julio, siempre iba acompañándonos mi miedo a que nos vieran, a que alguien, quien fuera, se atreviera a hablar de mi, de ti, de lo mal que podrían vernos, aunque debo de ser muy sincera, tuve más miedo por ti que de lo que alguien pudiera echarme en cara, supe desde un principio que pasar tiempo juntos se convertiría en parte de una dichosa rutina en esta nueva vida y quería disfrutar cada día a solas contigo, así que una tarde en el café perdí el miedo a las miradas, al qué dirán... Quizá deje en la mesa el último gramo de ese temor y tú lo tomaste y lo echaste a la basura para después sujetar mi mano y salir sin mirar atrás.
El tiempo después de esa perdida fue confuso, sin embargo tu presencia fue una bocanada de aire fresco y estabas ahí, y con tus manos sujetabas mi miedo más profundo, el terror que representaba tener algo bonito nuevamente, puesto que al tener también se puede perder y luché, te juro que lo hice, con todas mis fuerzas luché por cerrarme, por darme tiempo, por dejarte fuera y mantener mis miedos a salvo, me aterraba seguir perdiéndolos a causa tuya, porque me daba pavor volver a amar, entregarlo todo y volver a perderlo, regresar a ese frío piso de donde no sabría si me levantaría alguna vez, pero estuviste ahí, firme, sosteniendo esa gran maraña que era mi miedo y de a poco en poco fuiste liberándolo, día tras día, caricia tras caricia, con tus miradas, tus palabras, tus besos, tus abrazos, tu mera compañía y de pronto me encontré llena de una confianza en ti, en mi, en las posibilidades, hasta que me fue imposible mantenerlo cautivo y lo perdí... de nuevo lo perdí por ti.
El futuro era mi solitario último miedo, los planes, los sueños, o el simple mañana, nuestro acuerdo había sido claro, ser amigos y dejar fluir las cosas, así que no me preocupé por esto de forma inmediata, hasta que me di cuenta que te quería, así, sin más, el momento en que sentí mariposas al verte llegar, cuando tu mirada bastaba para hacerme sonrojar, en todas esas noches en que mi único deseo era que permanecieras a mi lado en lugar de ir a trabajar, fue entonces cuando ese miedo se hizo presente, durante varias noches pensé en resguardarme en él y vivir en ese caparazón donde nada podría lastimarme, hasta que mis sentimientos por ti fueron tantos que quise decirlo, quise pedir más, perder a causa tuya ese último miedo que me protegía y decir, quiero más, estoy lista para ti, para hacer planes, para pensar en viajes, planear citas y comprar álbumes que llenaremos con momentos que aún ni siquiera podemos imaginar y lo dije, quiero ser algo más... y entonces, lo perdí todo, perdí todos esos miedos que formaban parte de mi, y me descubrí de nuevo, simplemente siendo feliz.
0 comentarios: